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Toque de queda

Tipo de proyecto

Cuarto de proyecto SOMA

Fecha

Abril 2026

Ubicación

Soma, Ciudad de México

No hay afuera de la naturaleza:
toda materia es intervenida,
incluso el cielo.

Algo se instala en el aire:
no impacta, presiona.
Se vuelve fondo, frecuencia, atmósfera;
tensa, alerta, anticipa.

El cielo deja de ser paisaje, ahora es interfaz.
En esa transformación, algo se erosiona:
la libertad, la posibilidad de no ser observado.

Un cielo en toque de queda
comienza a habitar lo cotidiano.
¿Ya es hora de apagar el cielo?
Para este cuarto de proyectos, extiendo la noción de especie invasora a una lectura de tecnologías de guerra, sistemas de vigilancia e infraestructuras sonoras, entendidas como organismos creados por el hombre. Estas presencias ocupan el espacio físico, sensorial y afectivo, y alteran las condiciones de lo habitable. El vehículo aéreo no tripulado, conocido como dron, es una de sus manifestaciones más visibles. Su nombre remite al zángano y, a su vez, al zumbido de sus hélices, que recuerda al mosquito. El insecto intenta sobrevivir; el dron, en cambio, no lo necesita. Ambos persisten en el aire e insisten en el cuerpo.
La violencia ya no necesita hacerse visible para operar; le basta con acceder al hogar sin alterar su apariencia y atravesar sus límites sin dejar una marca evidente. Desde el exterior, todo parece intacto, pero algo ya ocurrió en el interior: la idea de tranquilidad se vuelve inestable. La huella de esa intrusión no desaparece, sino que se reduce hasta volverse casi imperceptible. Hay daños que no alcanzan a volverse imagen, como lo que sucede debajo de un píxel satelital. Así es la nueva guerra: desde el aire y a control remoto.
En México, estas especies atraviesan ámbitos agrícolas, artísticos, recreativos y criminales. Tecnologías que se reciclan para otras funciones tras nacer militares y desdibujan las fronteras entre conflicto y cotidianidad. En contextos como Sinaloa, su presencia es cada vez más frecuente. Su uso ha implicado la agricultura, la vigilancia, el transporte de mercancías y explosivos, así como la captura y operación forzada de civiles por parte del crimen organizado. Desde este panorama, el desplazamiento ya no ocurre únicamente cuando un cuerpo abandona un territorio, sino cuando el entorno mismo se vuelve inhabitable a nivel perceptivo.
No hay afuera de la naturaleza:
toda materia es intervenida,
incluso el cielo.

Algo se instala en el aire:
no impacta, presiona.
Se vuelve fondo, frecuencia, atmósfera;
tensa, alerta, anticipa.

El cielo deja de ser paisaje, ahora es interfaz.
En esa transformación, algo se erosiona:
la libertad, la posibilidad de no ser observado.

Un cielo en toque de queda
comienza a habitar lo cotidiano.
¿Ya es hora de apagar el cielo?
Para este cuarto de proyectos, extiendo la noción de especie invasora a una lectura de tecnologías de guerra, sistemas de vigilancia e infraestructuras sonoras, entendidas como organismos creados por el hombre. Estas presencias ocupan el espacio físico, sensorial y afectivo, y alteran las condiciones de lo habitable. El vehículo aéreo no tripulado, conocido como dron, es una de sus manifestaciones más visibles. Su nombre remite al zángano y, a su vez, al zumbido de sus hélices, que recuerda al mosquito. El insecto intenta sobrevivir; el dron, en cambio, no lo necesita. Ambos persisten en el aire e insisten en el cuerpo.
La violencia ya no necesita hacerse visible para operar; le basta con acceder al hogar sin alterar su apariencia y atravesar sus límites sin dejar una marca evidente. Desde el exterior, todo parece intacto, pero algo ya ocurrió en el interior: la idea de tranquilidad se vuelve inestable. La huella de esa intrusión no desaparece, sino que se reduce hasta volverse casi imperceptible. Hay daños que no alcanzan a volverse imagen, como lo que sucede debajo de un píxel satelital. Así es la nueva guerra: desde el aire y a control remoto.
En México, estas especies atraviesan ámbitos agrícolas, artísticos, recreativos y criminales. Tecnologías que se reciclan para otras funciones tras nacer militares y desdibujan las fronteras entre conflicto y cotidianidad. En contextos como Sinaloa, su presencia es cada vez más frecuente. Su uso ha implicado la agricultura, la vigilancia, el transporte de mercancías y explosivos, así como la captura y operación forzada de civiles por parte del crimen organizado. Desde este panorama, el desplazamiento ya no ocurre únicamente cuando un cuerpo abandona un territorio, sino cuando el entorno mismo se vuelve inhabitable a nivel perceptivo.

Culiacán Rosales, Sin., México

©2025 por Alejandro Castañeda.

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